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Hasta aquí
los judíos lo escucharon, pero al oír estas palabras comenzaron a gritar
diciendo: "¡Elimina a este hombre. No merece vivir!"
Todos
vociferaban, agitaban sus mantos y tiraban tierra al aire.
El tribuno
hizo entrar a Pablo en la fortaleza y ordenó que lo azotaran para saber por qué
razón gritaban así contra él.
Cuando lo
sujetaron con las correas, Pablo dijo al centurión de turno: "¿Les está
permitido azotar a un ciudadano romano sin haberlo juzgado?"
Al oír estas
palabras, el centurión fue a informar al tribuno: "¿Qué vas a hacer?, le
dijo. Este hombre es ciudadano romano".
El tribuno
fue a preguntar a Pablo: "¿Tú eres ciudadano romano?" Y él le
respondió: "Sí".
El tribuno
prosiguió: "A mí me costó mucho dinero adquirir esa ciudadanía".
"En cambio, yo la tengo de nacimiento", dijo Pablo.
Inmediatamente,
se retiraron los que iban a azotarlo, y el tribuno se alarmó al enterarse de
que había hecho encadenar a un ciudadano romano.
Al día
siguiente, queriendo saber con exactitud de qué lo acusaban los judíos, el
tribuno le hizo sacar las cadenas, y convocando a los sumos sacerdotes y a todo
el Sanedrín, hizo comparecer a Pablo delante de ellos.
Hechos de los
apóstoles, 22: 22-30
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